“Lo que más me gusta es hablar con la gente”

 “Una mujer una vez me contó que de pequeña vivió en el edificio Milá. Otra me contó que estaba en el colegio Felip Neri cuando fue bombardeado en la guerra civil…  Me cuentan anécdotas de Barcelona que poca gente sabe. ¡Tendría que escribir un libro!”

Marina tiene 45 años y es una de las 811 mujeres taxistas (frente a los más de 12.000 hombres) que hay en el Área Metropolitana de Barcelona. Estamos sentadas en mi sofá tomando una infusión mientras me cuenta de su vida y su trabajo. Su entusiasmo es contagioso. Sus ojos grandes, decorados con un rímel verde, y su sonrisa luminosa, invitan a hablar con ella. Descubro que sabe de tantas cosas, tanta historia. Me pica la curiosidad por saber más acerca de su trabajo, y cómo es eso de ser taxista, mujer taxista, en Barcelona.

¿Cómo te metiste en el mundo del taxi?

Pues, no es muy romántico… En el 2008 perdí mi trabajo en la constructora donde trabajaba como aparejadora. Era el comienzo de la crisis y una época muy difícil. Estuve dos años en el paro intentando encontrar trabajo de lo mío.

Me levantaba todos los días para ir a Porta22 de Barcelona Activa donde hacían talleres de todo tipo, desde cómo mejorar tu CV, a coaching y talleres psicológicos, etc. Había gente de todos los perfiles intentando ver por dónde podían salir, qué soluciones podían encontrar. Barcelona Activa me dio mucha caña, estaba super bien. Era como ir al cole: yo iba ahí, compartía mi actividad con personas que veía cada día y que estaban como yo, y por lo menos estabas en movimiento, no estabas en casa parado, depresivo. Y es que ahí llegaba gente que decía “llevo un año que no he podido moverme de casa”. No sabían qué hacer, por dónde tirar.

Durante esa época era imposible encontrar trabajo en la construcción, si había alguno, era para los enchufados, los hijos de… Había muchos arquitectos sin trabajo y muchos se tuvieron que ir fuera.

Yo incluso intenté ser funcionaria, como tantos otros – el día del examen la Avenida Diagonal estaba plagada de gente– y también contemplé marcharme al extranjero.

Cuando se acabó la prestación del paro me puse a trabajar vendiendo a puerta fría, pero duró poco. Mi hermano es taxista y entonces empecé a contemplar la opción del taxi. Pensé, mejor ser taxista que estar caminando por las calles picando puertas… Me saqué la credencial y comencé, pero nunca pensé que me iba a comprar un taxi.

¿Y qué pasó cuando lo probaste? 

Me encantó. Es un trabajo en el que estás conduciendo, que a mi más o menos me gusta. Vas por Barcelona, que es preciosa. Llevas a turistas, que tienen buen rollo. Alguna vez puedes llevar a alguien con prisa, pero en general son gente que están disfrutando de la ciudad. Te cuentan historias. Está súper bien.

¿Recuerdas tu primer día?

Si, y tanto. Empecé a las seis de la mañana y me puse a dar vueltas y vueltas y no recogía a nadie hasta que una parejita me paró en el Paseo Marítimo y me pidió ir al Paseo Maragall. Yo viví de pequeña en ese paseo y pensé “oh, que guay, me sé la dirección, ¡sé llegar!” Mi obsesión al principio era saber ver a la gente que levantaba la mano, y pronto vi que sí, que el ojo se educa y ves a la gente.

Parece que fue una señal… tu primera carrera te llevó a la calle de tu infancia…

Pues ¡sí!

¿Qué pasó después?

En el primer mes ya vi que me gustaba el trato con la gente, que el dinero que le tenía que pagar a mi jefe (el 60% de lo que sacaba al día) era lo mismo que le tendría que pagar al banco para conseguir una licencia, y así lo hice. Al tercer mes me compré la licencia, que viene a ser casi como comprarse un piso (las licencias valen más de 100.000 euros).

¿Cómo es tu día a día?

Yo siempre digo que mi oficina es la Plaza España, jeje. Hay un hotel, una parada de taxis y ahí tengo mi gente. Al principio hacía muchos kilómetros sin recoger a nadie y gastaba mucha gasolina hasta que un día mi jefe me dijo “tienes que volver a Plaza España cuando acabas la carrera”. Y así lo he hecho desde entonces…

¿Haces muchas horas?

Si, los horarios son larguísimos. De seis de la mañana a seis de la tarde. En menos horas no llegas a hacer el sueldo. Y es que lo peor es ser autónoma ya que si te pones enferma nadie te sustenta, las facturas y la hipoteca las tienes que pagar igual. Hay mucha presión por hacer ‘la hoja’ cada día, sacar los números. Comes rápido: un taper al volante. Y al final la mala alimentación y la vida sedentaria pasa factura, como en otros trabajos. La principal causa de mortalidad en el taxi es el ataque al corazón y el cáncer de próstata. Hace dos años, en navidad, se murió un chico taxista de un ataque al corazón, ahí, comiendo en el restaurante del aeropuerto. Tenía 38 años.

Y ¿cuál es la parte que más disfrutas de tu trabajo?

Hablar con la gente, con las abuelas…. En mi “Marina móvil” [como llama a su coche], he visto y escuchado de todo. El día de menos trabajo, es duro, tedioso. Pero normalmente se me pasa rápido.

Hay todo tipo de personas y el contraste es brutal. Una vez llevé a un chico que me contó trabajaba en un sitio de esos de intercambios de parejas. Y acto seguido llevé a dos abuelitas que iban a misa, y yo pensaba, madre mía, si lo llegan a saber…

Me imagino tu vida, y pienso en el taxi como abrir una ventana a las vidas de otras personas…

Si, y a veces es muy triste. Recuerdo una niña de 20 años que estaba desintoxicándose en Barcelona. Sólo tengo 20 euros, me dijo. Y cuando el taxímetro llegó a los 20 euros, se bajó. El resto era para la droga.

A veces, hasta siento que hago terapia. Y es bidireccional. Al final llevas a gente a la que no vas a ver nunca más, por lo que es muy fácil contarles cosas y que te cuenten a ti. Recuerdo un señor alemán al que llevaba al aeropuerto y yo le contaba, puede ser que me guste una persona que no sea mi marido, y él me dijo “divórciate ya”.

¿Alguna anécdota divertida? Seguro que te ha pasado de todo…

Lo más divertido que me ha pasado fue llevar a los Spandau Ballet, una banda británica de los años 80. Subieron al taxi dos personas y de repente reconocí al cantante. Sabía que habían tocado la noche anterior y yo ¡hala!… how are you?! Le pregunté qué tal había ido el concierto y después de hablar un rato me dijo, “esta noche tocamos en Pedralbes, ¿quieres venir?” Y yo, ¡claro! ¡Por supuesto! Fui con una amiga y nos pusieron en la zona VIP.

¿Y qué reacción tiene la gente cuando ve que hay una mujer al volante?

Muy positiva. Suelen decir comentarios como: “ay, una mujer, que bien, tenéis el coche más limpio”. O, “qué alegría, es que conducís más tranquilas”. Alguna vez me han dicho lo típico de “mujer tenías que ser” pero no he tenido problemas. Somos 10.500 coches y muchos más conductores, porque hay coches que tienen doble turno. Hay taxistas de todos los perfiles, psicólogos, abogados, arquitectos… Los hay que no han estudiado y son majísimos, y hay quienes han estudiado y son muy egocéntricos.

He leído que mujeres taxistas de toda España realizan un encuentro cada año ¿lo conoces?

Sí, pero nunca he ido. Estoy en un grupo de WhatsApp de chicas taxistas pero a parte de eso, yo tengo mi grupo de amigos sean hombres o mujeres. Me intento desvincular de todo eso. Pertenecer a un grupo feminista no va conmigo.

Las mujeres taxistas no somos especiales porque llevemos un coche. A mí a veces me dicen por la calle “que valiente eres”. Pero llevo un coche desde los 18 años, para mi es super normal. Y siempre he estado en sectores masculinos, incluso en la escuela, donde éramos sólo cuatro niñas y ¡30 chicos!

En el sector de la construcción, ahí sí que tenías que hacerte valorar, había mucho machismo. Aquí al final estás en tu coche, haces lo que quieres. Cazurros hay en todos sitios, pero aquí no te mandan. En la construcción tu jefe es machista, los que trabajan para tí son machistas… Al final tenías que ir con el látigo, y a mí no me gusta mandar, no es mi perfil. Era difícil hacerse respetar, si eres simpática porque eres simpática y si tienes mala leche porque tienes mala leche. Ahora no tengo que estar pendiente de nadie excepto de mis clientes. Vivo mucho mejor y económicamente tampoco hay mucha diferencia. Porque ahí [en la construcción] sí que había brecha laboral, sí que cobraba menos que mis compañeros.

Y ¿qué le dirías a otra mujer que está pensando en hacerse taxista? ¿Algún consejo?

Comprarse un coche automático, porque tu cuerpo sufre un poco menos.

En el futuro ¿seguirás con el taxi?

¡No me veo haciendo otra cosa! Aunque el otro día pensaba – siempre estoy pensando – ¿qué podría hacer para mejorar mi taxi? Y pensé en estudiar turismo. Para que sea más ameno mi trabajo, siempre leo y les explico cosas a mis clientes.

¿Te gustaría ser guía?

Me encantaría. Me gustaría estudiar para estar más al día. Siempre estoy pensando en maneras de mejorar en mi trabajo, intento poner música que le guste a la gente, ser agradable, tener el coche limpio… No siempre te apetece sonreír, pero lo intentas.

El taxi es como tu casa…

Sí, aunque a veces la gente no se da cuenta y te dejan un papelito, se piensan que lo que hay en la puerta es una papelera, o los niños se ponen a comer una galleta…

… El taxi es tu casa, y tú eres una empresaria…

Sí. A mi se me hace muy engorroso los números, pero sería muy duro volver a trabajar para alguien. Esto es por y para ti, eso es lo mejor.

Si a la Marina de 25 años le llegan a decir que iba a ser taxista, no se lo habría creído. Y ahora no se ve haciendo otra cosa. De las crisis salen oportunidades y con frecuencia nuestras vidas laborales no son trayectorias lineales. Todo lo contrario. La vida da muchas vueltas, nunca mejor dicho.

¡Gracias Marina por compartir tu historia!

 

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